Ecce Homo

(Lima, Mayo de 1912)


Al reflejo matutino de la luz del sol de Oriente

de los frisos y columnas brilla el mármol refulgente

y las cúpulas del templo que elevara Salomón,

y los cascos y corazas de la Guarda Pretoriana,

que los ímpetus contiene de la fiera turba humana

que se agolpa tumu1tuosa del pretorio ante el balcón.


Muchedumbre que se agita como mar embravecido,

voces roncas que resuenan en unísono bramido

con instinto de pantera y furor de tempestad,

hacia arriba levantadas estremécense mil manos,

cual clamando a la injusticia de los Césares Romanos

contra crímenes horrendos y de lesa humanidad.


A la blanca balaustrada dominando el clamoreo,

tras brevísimo sumario, sale el juez mostrando al reo,

y a su vista dolorosa acreciéntase el tropel,

y se enciende más la cólera, y maldicen más su nombre,

y tratando de aplacarles, dice el Juez: “Aquí está el hombre

le debéis juzgar vosotros, pues yo no hallo culpa en él”.


¿Y quién es? ¿Cómo se llama? Es Jesús de Galilea.

¿Qué delito ha cometido? Fue el apóstol de una idea,

inventor de un amor nuevo y caudillo de la paz,

arrastró las muchedumbres al calor de su elocuencia,

dominó los elementos con insólita potencia,

y ablandó los corazones con la lumbre de su Faz.


Fue en cuna milagrosa por los ángeles mecida,

que en misterios de pureza una Virgen le dio vida.

Nació pobre en un establo, vivió oculto en un taller,

fue maestro de virtudes, por los pobres aclamado.

Y ¿son esos sus delitos? Eso el odio le ha granjeado

de los hombres de la ciencia, de los hombres del poder.


Y él ve todo silencioso, traspasando los umbrales

del presente y de la vida con sus ojos celestiales,

penetrando las conciencias con los rayos de su luz,

y responde a los agravios con paciencia y mansedumbre

y no altera su dulzura la insolente muchedumbre

que irritada ante su vista grita: “Muera, muera en Cruz”,


Y a lo largo de los siglos, en el cuadro de la Historia,

ve cual rueda por el mundo el torrente de esa escoria,

despeñándose al abismo en un ímpetu fatal,

todo el fango de la tierra que rechaza su blancura,

porque el bien que El ha encarnado es su tácita censura

y es un reto a todo vicio, todo error y todo mal.


Ve las llagas que corroen seculares dinastías

derrumbadas por oleadas demagógicas e impías

que maldicen de su nombre y reniegan de su fe;

y vendiéndose por oro la soberbia aristocracia

y la envidia que se encubre con disfraz de democracia,

pues Jesús desde el pretorio todo sabe y todo ve …


Ve que son esos instantes cual la página primera

con que se abre el triste libro de una historia lastimera

manantial de turbias aguas que se enturbia siempre más.

Vil estirpe de Pilatos que por móviles villanos,

mientras manchan su conciencia, van lavándose las manos

y lo entregan a la turba que prefiere a Barrabás.


“Crucifícale” repite con furor el pueblo ciego

y Pilatos vacilante les responde: “Yo os lo entrego

le debéis juzgar vosotros puesto que Él es vuestro Rey”.

“Sólo al César conocemos” le responden con jactancia,

olvidando por el odio de su raza la arrogancia.

“No podemos darle muerte, lo prohíbe nuestra ley”.


Y Pilatos duda y teme y se acerca al Nazareno

y de nuevo le interroga, Él respóndele sereno:

“Vine a dar en este mundo testimonio a la verdad”.


“¿Qué cosa es, dice Pilatos, la verdad?” y sale fuera,

mientras Cristo guarda triste la respuesta que él no oyera

bajo el velo misterioso de su humilde dignidad.


¡Oh Pilatos que no quieres escuchar esa palabra,

que no esperas a que Cristo sus divinos labios abra

para darte ‘ante los siglos esa inédita lección,

que las bíblicas edades de Patriarcas y Videntes

evocaron sin descanso con sus súplicas fervientes

y mirando hacia el futuro en solemne expectación!


La verdad, que entre tinieblas de incapaz filosofía,

con los vuelos. de su genio Platón sólo presentía,

y que ciega por su orgullo desconoce la impiedad;

porque a ejemplo de Pilatos, entre gritos de protesta,

hace siempre la pregunta, mas no escucha la respuesta,

y está frente a frente a Cristo ignorando la verdad.


¿Qué ha alcanzado con sus armas de impotentes negaciones

que atrofiando las conciencias y apagando corazones

le sirvieran de instrumento de fatal demolición;

y en el campo de las almas que su paso dejó en ruinas,

qué flor dieron sus sarmientos, qué fundaron sus doctrinas,

con qué templo ha reemplazado a la augusta Religión… ?


Despojando a la esperanza de sus alas victoriosas,

por querer quitar espinas arrancó todas las rosas,

y en el campo de la vida, huracán de muerte fue,

caridad desfigurada modeló con mano impía

sin su vida y sin su fuego que llamó filantropía,

y sembró el escepticismo en los surcos de la fe.


Remontando la corriente de ese río hasta el pretorio

van las mil generaciones a engrosar el auditorio

del proceso más inicuo que han osado presenciar.

Siempre acusa al Nazareno la soberbia Sinagoga,

siempre le odian los impíos y el orgullo le interroga

y los ecos de ese instante repercuten sin cesar.


Y repiten las blasfemias, los insultos, las protestas,

la pregunta de Pilatos: “¿Eres Rey, no me contestas?”

y de Cristo la respuesta: “Tú lo has dicho sí lo soy”.

Y esa exótica palabra: “No es mi reino de este mundo”.

¡Oh lecciones del Maestro! ¡Oh verdad germen fecundo

luz de un astro sin mañana, sin ayer y siempre en hoy!


Y revive aquella escena en que vence a la conciencia

el temor servil al César, y el Juez firma la sentencia

que un torrente de crueldades y de sangre trae en pos;

y mostrando a Cristo herido dice al pueblo: “Aquí está el hombre”

sin pensar en la ignominia y el baldón que echa en su nombre,

sin saber que él es el reo y su reo es Hombre y Dios.