Infancia y juventud

La niñez de Teresa de la Cruz transcurrió en un hogar profundamente cristiano, donde se inculcaba el amor a Dios y al prójimo, donde el bien y la verdad eran lo fundamental.

Vivió en la ciudad de Lima en la calle de la Coca, fue la segunda hija del matrimonio Candamo Álvarez Calderón. Recibió el sacramento del Bautismo a los ochos días de nacida y fue confirmada siendo aún muy pequeña.

Teresa mostró una vivacidad especial y un corazón muy sensible y compasivo; parecía que había venido al mundo con mucha curiosidad de ver lo que en él pasaba. Su capacidad era superior a su edad, así lo demuestra al querer tomar parte, siendo todavía muy niña, en los asuntos serios, que se presentaban en ese tiempo debido al conflicto que atravesaba el Perú con el vecino país de Chile y en el cual su padre jugó un papel muy importante.

Poseía, además de una inteligencia brillante, habilidades artísticas como el teatro, el bordado, el dibujo y la pintura, cultivó el canto y la música tocando el piano y la guitarra. También fue artista de la pluma, pues escribió varias poesías, todas dedicadas al Señor y a la Santísima Virgen, demostró gran afición por la lectura y por el estudio. Recibió su primera educación con maestros particulares, ingresando posteriormente al Colegio de las religiosas del “Sagrado Corazón” observando muy buena conducta y sobresaliendo en los estudios. Se formó en esa piedad sólida y seria, sintetizada en la máxima favorita de Santa Magdalena Sofía Barat: “El deber ante todo, el deber siempre”. Allí echó Dios en su alma los cimientos sólidos para el hermoso edificio de su vocación que había de ser tan sacudido por las pruebas. Tuvo especial devoción a la Santísima Vírgen y se consagró como Hija de María. Dejó el colegio al final del año 1892, llegando a obtener “la Cruz de la Sabiduría”, premio que ofrecían las Hermanas religiosas a las alumnas sobresalientes.