Pasión: cómo meditarla

“Un conocimiento de Cristo vivido personalmente (VS 88)”

“Descubrimiento de Cristo Salvador y Evangelizador (TMA 40)”

Pasión:

La “Pasión de Jesús forma parte de si misterios pascual. Indica el sufrimiento de Jesús, especialmente desde Getsemaní hasta la Cruz, pero como “paso” o “Pascua” hacia la resurrección.

Jesús mismo profetizó varias veces su pasión, señalando siempre el objetivo de redención por medio de su muerte y resurrección (cfr. Mt 16, 21; 17, 22-23; 20, 17 -19.28).

“La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres” (CEC 1992).

En la tradición eclesial y en la vivencia de los santos, se ha recalcado siempre que la verdadera causa de la pasión  y muerte de Cristo han sido nuestros pecados (Cfr. CEC 598). El egoísmo humano va produciendo, a través de la historia, estas expresiones de injusticia y de muerte de los inocentes; pero el caso típico es lo que se ha hecho con Jesús, el hijo de Dios, que vive y sufre en cada corazón humano (cfr. Mt 25, 40).

En la Eucaristía se hace presente el sacrifico redentor de Cristo. Por medio de los sacramentos, el cristiano recibe el fruto de este sacrificio.

Por medio de los sufrimientos transformados en donación, puede “unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo” (CEC 1521) y “completar sus sufrimientos (cfr. Col 1, 24).

Meditar la Pasión:

La meditación de la pasión de Cristo ha sido una constante de la vida de los santos.

Se han presentado siempre como un itinerario de santidad: conocerse a sí mismo a la luz de amor de Cristo para decidirse a amarle y hacerle amar con su mismo amor. La meditación de la Pasión es un momento privilegiado para acelerar este itinerario de santidad y de misión.

A veces se ha expresado este itinerario por medio de las llagas de Cristo: por sus pies (purificación) y sus manos (iluminación), hacia su Corazón (unión).

Según la enseñanza de los santos, puede verse en las meditaciones de los Ejercicios según San Ignacio de Loyola, la pasión se medita desde los sentimientos o amores de Cristo. En realidad, se trata de “ tener los mismo sentimientos de Cristo Jesús” en su anonadamiento y en su “Glorificación” (Fil 2,5-11). Se intenta entrar en sintonía con Cristo, hasta experimentar “dolor con Cristo doloroso”  (San Ignacio de Loyola, tercera semana de Ejercicios).

Los comentaristas, siguiendo el ejemplo de los santos, han dado mucha importancia a la meditación sobre Getsemaní, a modo de “clave” para entrar en los sentimientos de Cristo.

Se quiere captar la interioridad de Cristo desde sus mismas palabras y gestos, a partir de su amor al Padre y a toda la humanidad, hasta dar la vida en sacrificio. Este amor es fuente de dolor: el Padre no es amado (“el Amor no es amado”, dice San Francisco de Asís) (cfr. Jn 3,16)), la humanidad está en pecado (del que Cristo se hace responsable: “compasión”), su donación total parece “silencio” de Dios (sudor de sangre en Getsemaní y “abandono” en la cruz). Rechazo personal: “No le recibieron “ (Jun 1, 11).

Por esto, afronta la pasión como “esposo” (cfr. Mt 9, 15;22,2). En esta perspectiva pascual, la pasión es para Jesús “la copa de bodas” que el Padre le ha preparado, para dar la vida por su esposa la Iglesia que debe ser toda la humanidad (cfr. Jn 18, 11 ; Lc 22,20: Mc 10,38).

Sus últimas palabras y su costado abierto (cfr. Jn 19 34-37), son la expresión de una vida donada, que se convirtió en la razón de ser de la vida de los santos: “Murió por todos, para que los que viven, no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitó por ellos” (2Cor 5,15).

La predicación y la meditación de la Pasión ha sido llamada la escuela de los santos y de los apóstoles, precisamente como momento privilegiado para entrar en sintonía con la interioridad de Cristo, para “crucificarse” con él (Gal 2,19; 1Cor 2,2).

De esta sintonía ha nacido el “celo de las almas”, como contagio de la “sed” de Cristo en la cruz (Santa Teresa de Lisieux). Las dificultades del apostolado de convierten en una nueva maternidad eclesial a ejemplo de María al pie de la cruz (cfr. Jn 16, 21-23; Gal 4,19).

Meditación de la Pasión (líneas bíblicas):

  • “Yo doy la vida”: Jn 10, 15-16. Su amor, fuente de su dolor.
  • Getsemaní, la escuela de los santos, amor – dolor;: Lc 22, 40-54.
  • Su “copa de bodas”: Jn 18, 11; Mc 10,38: Lc 22,20.
  • El precio de las almas: sufrir amando: Lc 22, 63-65.
  • “Me amó y ha dado su vida por mi”: Gal 2,20.
  • “Completar” a Cristo, compartir su vida: Col 1, 24; 3,3.
  • Transformar el dolor en donación: Jn 16, 20-22; 19, 17 (“llevando él mismo la cruz”).
  • Donación total: perdón, esperanza, María, sed, “abandono”. Corazón abierto, “sangre y agua”: Jn 19, 34-37.
  • “Ha muerto por todos… para que vivamos por él”: 2Cor 5,15
  • Crucificados con Cristo: Gal 2,19; 1Cor 2,2.
  • “Juntoa a la Cruz”, nueva maternidad: Jn 19, 25s (“Stabat Mater”).
  • Resucitó, mostró sus manos, pies, costado: Jn 20, 21 : Lc 24, 39.

Lectio Divina. Camino de Meditación Comprometida:

Benedicto XVI, Enc. “Deus Caritas est”: contemplar el costado abierto de Cristo, como y con María, para recibir y comunicar el “agua viva” (cfr. DCe 12, 41-42).

“Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión en su Regla pastoral. El pastor bueno, dice debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de sus ser, para hacerlas suyas: “per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferant”. En este contexto, san Gregorio menciona a San Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos. (cf. 2 Co 12, 2-4; 1Co 9,22)” (DCe 7).

Los Santos, pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta, han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero” (DCe 18).

Proceso de Contemplación, Entrega y Misión:

  • Lectura:Recibir la Palabra tal como es. Dejarse sorprender por la Palabra y por los acontecimientos de Jesús. Se recibe el don tal como es. Es misterio de amor, más allá de nuestros cálculos. “atesorar” en el corazón como María (Lc 2,19.51).
  • Meditación:Dejarse cuestionar. Nos examina el Amor. El toque de Dios en el corazón. “Reflexionar”: es importante, es urgente, acontece ahora, Dios es más allá de sus luces y mociones. Aprender a “admirar”: Lc 1, 23; 2,33.
  • Petición:Lo necesitamos todo. Dios me da siempre más de lo que pido (me lo da todo según su proyecto de amor sobre mi). Confianza filial. Sentirse pobre de solemnidad: “Dios ha mirado la nada de sus sierva” (Lc 1, 48). Pedir es comprometerse: “no tienen vino…Haced lo que él os diga” (Jn 2, 3.5).
  • Unión:¿Qué quieres de mi? “Denos él lo que quisiere! (Santa Teresa de Avila) . Sintonía con su amor. Lc 1, 38: “Sí”. Silencio de donación.
  • Acción: En las cosas sencillas de mi Nazaret. Acción que deriva de la contemplación y caridad: María fue “aprisa” a servir a la casa de Isabel (Lc 1,39). ¡Mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. (lc 8,21).
  • Con María:
    “Magnificat” (Lc 1, 46) …”. Expresa todo el programa de sus vida: no ponerse así misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno “ (DCe 41).

“El Magnificat un retrato de su alma, por decirlo así está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (DCe 41).