“La Experiencia de Dios”

Año 2 N° 3                                             MAYO AGOSTO 1980

“La Experiencia  de Dios”

Rvdo. P. Rafael López M.Sp.S.

 

La experiencia de Dios ha ocupado la atención de los estudiosos y de todos aquellos que se preocupan de comprender un poco mejor la acción de Dios en lo íntimo de las almas.  Experiencia de Dios tan profunda, tan penetrante y tan arrobadora capaz de hacer cambiar por completo la vida de los hombres y hacerlos  como en el caso de san Pablo de un perseguidor de Cristo, un hombre que tiene la experiencia de sentirse prisionero por el Espíritu Santo (Hech.20,22).

Experiencia de Dios, que una vez que se ha tenido, el alma ya no  desea otra cosa sino verse colmada de esta divina gracia, que concede en forma gratuita la misericordia de Dios y que sumerge al alma en un piélago indecible de luz sobre el misterio de Dios y de comprensión de lo que es uno bajo la perspectiva de este ángulo y contemplación superior.

Experiencia tan comprometedora y transformante, que en el caso de Carlos de Foucauld, aquel hombre escribirá: una vez que me di cuenta  de que Dios existía ya no pude sino vivir para Él.

Es la acción callada, tranquila de la que nos habla Fray Tomás de Kempis que sin ruido de palabras, sin atropellos, sin raciocinios, ni grandes locubraciones, se comunica Dios al alma, pues como señala San Bernardo de Claraval: Dios se comunica con su Divino ósculo colmando al alma de una suavidad como sólo puede concederla el que es llamado por antonomasia el Supremo Consolador.

Experiencia divina de la que nos habla San Juan de la Cruz en ese momento en que el fervor lo ha impulsado a descubrir los velos de este sacrosanto coloquio entre el alma y Dios y balbucir algunos inarticulados vocablos de aquel inefable misterio que es más para contemplarse, que para presentarlo a las miradas de los demás.

De aquí que el Doctor de la noche exclame: “ no pienso yo ahora declarar toda la anchura y copia que el espíritu fecundo de el amor en ellas lleva … (Prol.1) por haberse, pues, estas canciones (fruto de la experiencia divina) compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi intento será tal, sino dar alguna luz general …” (Prol.2. Cant. Espir.).

No obstante la dificultad inherente y descomunal que presenta todo aquello que cae bajo el ámbito de la experiencia, por ser algo mucho muy personal, quizá en muchos casos irrepetible, intrasmisible, inefable y máxime que el problema se agrava cuando la experiencia se refiere nada menos que al misterio de Dios comunicado a los hombres por vía de amor cognoscitivo o de inteligencia amorosa.

Pese a todo esto y a todas las dificultades conexas se pueden presentar algunas características, peculiaridades pistas de solución y de excelente comportamiento que nos sirvan para diversificar la auténtica experiencia que brota de la acción de Dios y aquella otra espurea que es la resultante de nuestras industrias y humanas  maquinaciones. ¡Es tan necesario tener criterios claros y seguros en materias tan trascendentes y delicadas y en las que se juega el aprovechamiento y desarrollo vigoroso de nuestra vida espiritual!

1.- Todos a una afirman que la experiencia de Dios es un verdadero don de calidad incomparable, que el Señor ofrece sin que el hombre lo merezca.  Un don que el alma lo recibe de la misericordia de Dios en vista a socorrer y remediar su miseria y demás lacras que la afean ante los ojos limpísimos de todo un Dios. Un don que no obstante su gratuidad y excelencia el alma no tan sólo puede, sino que dada su condición de hijo de Dios puede levantar sus suplicas al Padre y rogar bajo la acción del Espíritu Santo que el Padre le conceda tan insigne gracia que la conformará en una forma más perfecta con la imagen del Unigénito

2.- La experiencia de Dios se presenta como un acontecimiento que trasciende todo; las propias miserias, los aferrados atavismos, los egoísmos más vergonzantes, en una palabra toda la lacra por más horrible que parezca, quedará subsanada bajo la efusión torrencial, plena de la irrupción de Dios tan íntima y calificada.  De aquí que se realice en el que recibe tal don una verdadera y estable conversión.  La razón es simple.  Habiendo recibido tal cantidad de luz celestial sobre el “misterio de Dios y sobre la propia  realidad, el alma queda como establecida “radicada”, “con una unión casi imposible  de destruir”, “como dos agua que se unen y que ya no se pueden separar”, “como dos llamas que se funden para formar una sola”.

Además hay que añadir que en todo esto está de por medio la actuante Omnipotencia de la misericordia de Dios en favor del hombre, más poderosa que cualquier mal, pecado y miseria.

3.- La experiencia de Dios como su nombre lo indica versa sobre la Vida íntima de Dios, Su Misterio, Su acción en beneficio del hombre que ha querido rescatar y participarle de todo ese conjunto de dones celestiales.  De ahí que, el alma entre en otros ámbitos superiores de conocimiento de realidades que jamás había imaginado, de experiencias que nunca hubiera podido alcanzar y que se ven íntimamente, directamente, relacionadas al misterio divino. Se siente el alma metida en el mismo ámbito de la vida de Dios.  Tiene la experiencia que Dios la ama como a su propio Hijo.  Que el Verbo se complace en ella y que el Espíritu Santo se derrama en forma sorprendente con la efusión de sus dones.  El alma se siente en el cielo.  Porque el cielo es Dios y en esos momentos el alma se realiza bajo la acción de la Trinidad Augusta.

El alma se ve inflamada por la presencia de la Divina caridad, se ve inundada por la irradiación de esa luz divina, se ve vivificada por la participación misma de la vida de Dios.  Siente el alma que su ser se derritiera, si no fuera auxiliada por un auxilio divino que Dios brinda en su bondad para que pueda superar ese momento de júbilo indecible, de ternura incomparable, de iluminación tan íntima y profunda, a las que nunca el alma hubiera ni siquiera osado pensar.

4.- En este peculiar acontecimiento el alma no discurre, no pone en ejercicio los mecanismos de sus raciocinios humanos, de sus esquemas y demás industrias científicas.  El conocimiento que tiene el alma en este momento de experiencia de Dios es más bien de tipo “intuitivo”.  El alma ama y conoce y conoce y ama.  Dios la hace entrar en esa simplicidad en donde nuestros pobres esquemas y formas humanas de comunicarnos y entender, aun el mismo misterio de Dios, quedan totalmente eclipsados ante la meridiana luz de este peculiar momento.  El alma invadida por el fuego de la Divina Caridad ama con el mismo Espíritu Santo.  Goza profundamente al contemplar la excelencia del misterio de Dios.  Goza profundamente al contemplar la excelencia del misterio de Dios.  Goza al disfrutar de ese mismo misterio, según el Don que Dios le ha concedido.

5.- ES tal la efusión de gracia que se derrama en el alma en el momento de esta divina experiencia, que el alma parecería que ya no tuviera voluntad porque en esos momentos vive totalmente sumisa a la acción de Dios  , de manera superior y más perfecta el verdadero sentido, valor, y trascendencia de todas las realidades.  El alma quiere lo que Dios quiere, anhela que así sea, pues bien comprende que no puede ser de otra forma so pena de defraudar las exigencias de este plan de salvación.  Afortunadamente que esta fusión de voluntades se realiza por los caminos del Amor y esto es lo que hace que el alma se entusiasme a desprenderse de todo aquello que aun pudiera parecer un incentivo pero que estaría estorbando el cumplimiento del designio de Dios en su vida.  Unión de voluntades más sólida y profunda mientras más calificada y alta es la gracia de la experiencia que Dios le comunica al alma.

6.- Juntamente con el gozo divino, el alma experimenta una profunda paz que nada ni nadie le puede arrebatar, y la razón es muy simple: el alma posee a Dios, Dios se ordena al alma, la dirige y la gobierna, la conduce y la atrae hacia Si.  Aquí, más que en cualquier otra parte se ve  como la paz es resultante y efecto de algo o de alguien.  Aquí en el caso Dios es la causa.  Por lo mismo, tendríamos que rechazar la presencia de Dios si quisiéramos remover la dulce paz que disfruta el alma.  Lo cual es absolutamente imposible por la efusión de gracia que Dios ha derramado en el alma y que la ha unido El de una manera indestructible.

7.- La experiencia de Dios se presenta en la línea de algo muy personal, y la razón es que, normalmente, Dios se revela al alma para descubrir el amor personal que tiene por ella, Amor que se manifiesta en esos instantes de la experiencia como la prueba más contundente y apodíctica, pues el alma tiene la experiencia del amor de Dios, “siente el amor de Dios”, “goza el amor de Dios”, “ conoce el amor de Dios”… porque es Dios mismo quien se lo ha manifestado y se lo está haciendo sentir, “experimentar”. Por lo mismo es una experiencia que compromete a darle a Dios una respuesta en la misma línea el amor.

Experiencia personal en la que el alma ve cómo la mejor forma de alcanzar la propia perfección es dejarse poseer por el Amor transformante de Dios, “dejarse conducir hasta el centro del Divino misterio y ahí perderse en ese piélago de infinita bondad”.  Será, entonces, cuando el alma se afane, no precisamente por ver lo que hace ella por Dios, sus proyectos, sus deficiencias y todo ese mundo de preocupaciones propias de todos aquello que no salimos de los primeros peldaños que nos conducen a la perfección de la vida espiritual…

En estos momentos el alma se preocupa más bien de contemplar la admirable acción que Dios realiza en ella, la forma tan delicada y adecua como le hace experimentar su amor, pues pese a la descarnada visión en la que contemple ella el estado de su vida, campeará, en forma vigorosa y predominante, la acción de la misericordia de Dios que la ama y que se está haciendo presente en esa forma tan concreta y personal.

¡El alama, pues, se olvida de si misma para ocuparse tan sólo de su Dios!

8.- Si la experiencia de Dios tiene como objeto manifestar el Misterio Divino y hacerle participar al alma del misterio pascual del Señor, nada extraño que aparezca, como nota característica, “un deseo intenso de configurarse on Cristo sufriente, reactualizar en la propia vida la etapas dolorosas del Redentor, “contemplar aquello que le falta a la pasión de Cristo y que se continúa en su Sacrosanto Cuerpo místico….” Ve el alma que es el camino más seguro de autentificar su correspondencia al amor de Dios… pagar, si cabe el termino, amor con amor, donación con donación, generosidad con generosidad, hasta la consumación absoluta de la propia existencia.  Por otra parte, siendo Dios  el que suscita en el alma este deseo inmenso de sufrir al igual que Cristo y por los mismos motivos que sufrió el Redentor, es Dios mismo quien se encargará de sostener el alma, así tenga esta que experimentar los paroxismos más acerbos, las soledades más desgarrantes, las humillaciones más penosas, las incomprensiones más lacerantes y toda clase de sufrimientos y congoja, tan solo porque esta es la forma de alcanzar una configuración más íntima con el Unigénito del Padre, el Ungido del Espíritu.

9.- Será cuando el alma pueda encontrar el perfecto equilibrio entre apostolado y contemplación; momento en el que estas dos realidades se compenetren en tal forma que encuentren un recíproco y eficaz complemento.  El apostolado será el ámbito en el que se vierta la plenitud de luces, gracias y beneficios obtenidos en el momento de la “experiencia contemplativa del mmisterio de Dios”.  Ese apostolado tendrá las garantías de ser una irrupción de la presencia  de Dios en la vida de los hombres, una auténtica y profunda comunicación con Dios, un llamado fuerte e imperativo a una cabal conversión.  Pero, también ese apostolado será el ámbito normal en donde el alma “descubra la presencia de Dios que contempló en esos momentos de éxtasis y arrobamiento espiritual”, apostolado que impulsará al alma a buscar con más vehemencia y atención una unión más profunda con Dios tal como la brinda el Señor en esos momentos de experiencia divina”.

CONTINUA DEL AÑO 2 . Nº 4

 

10.- El alma bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo, que estos momentos la invade con su vigorosa acción experimentará; con una certeza absoluta, que es Dios mismo, quien la posee, la vivifica y la transforma.  Y que todos esos santos efectos son manifestaciones palpables de aquel inmenso amor con el que Dios la distingue y regala.  Será esa certeza la que llevará a Santa teresa de Ávila a escribir que “es tal certidumbre que no hay en las potencias ni en los sentidos por donde el demonio pueda sacar nada”, “es una certidumbre que queda en el alma que sólo Dios la puede poner” de aquí que el alma se quede muy consolada con esta certeza con la que acompaña el Señor este regalo insigne.

11.- La vida aparece con un sentido pleno, con una orientación perfecta, clara y precisa, con una dimensión trascendente.  La vida tiene su razón y  encuentra todos los motivos  para que se realice en todo su vigor e intensidad posible, porque es una existencia que se realiza bajo la experiencia luminosa de Dios, vida que es una auténtica alabanza al Padre en unión con Cristo, bajo la transformante acción del Espíritu Santo. ¡Qué preciosos son entonces cada uno de los momentos de esta vida toda perdida en el misterio de Dios.

12.- Finalmente el alma entra  en una familiaridad y trato íntimo con cada una de las Tres Divinas Personas.  La efusión del Espíritu Santo ha sido de tal calidad y con tan sorprendente abundancia que el alma “experimenta” como jamás lo había sentido hasta entonces el espíritu de auténtica filiación.  El decir que Dios es su Padre no es una simple fórmula para ella, es la experiencia honda y verdadera de una realidad que no puede ser de otra manera.  Sus sentimientos de identifican a los de Cristo.  Sus deseos son cumplir con toda perfección la Voluntad del Padre y dejarse plenamente orientar por la acción del Espíritu.

Evidentemente que existen otras características más propias de la “experiencia de Dios” en el fondo del alma.  Hemos querido detenernos en aquellas que de manera más resaltante aparecen en los escritos de los grandes místicos y maestros espirituales.