Nuestra esperanza la cruz AÑO I – N° 1 , Setiembre – Diciembre 1979 AÑO 2 – n° 1, Enero – Abril 1980

Liturgia y Catequesis en el Pensamiento y en la Fundación de la Obra de la madre Teresa de la Cruz Candamo

IMAGEN REVISTA

P. Tarcisio Picari

La Providencia en la vida de la Iglesia, Siglo tras siglo, no se revela a través de la historia siempre

de una misma manera -mecánica y necesaria acerca de la Redención de los hombres- sino que, adaptándose armoníosa y libremente a las diferentes culturas de las sociedades y a las distintas –por no decir muchas veces opuestas- situaciones de ello frente al Cristo y a su misión en los tiempos, actúa sus diseños de Redención   mediante la cooperación de los hombres.

La Redención de Cristo, desde el inicio de la comunión apostólica en el cenáculo ha sido realizada por los ministros y los fieles a través de la predicación del Evangelio, de la participación a los sacramentos, y en la obediencia al Magisterio apostólico. Así la iglesia se enraizó en las sociedades humanas no destruyendo sus valores, sino perfeccionándolos en sus mismos sentidos naturales.

Parece que en Ia base de la intuición espiritual que hizo de Teresa de la Cruz, la fundadora de una obra apostólica, hay un entendimiento muy profundo de la necesidad del hombre de perfeccionar sus valores humanos. Tal entendimiento netamente personal en ella, fue al mismo tiempo social, o sea; el sentido de su necesidad la lleva a descubrir mayormente las faltas y la pobreza que los otros tienen si permanecen en el circulo de sus sociedades y la ponen enla búsqueda de otra sociedad humana y nueva que conteste finalmente a sus exigencias.

En la Palabra de Dios, descubre finalmente la existencia de esa sociedad, así como San Juan en su Apocalipsis describe a la Iglesia triunfante en una figura de extrema belleza: la Iglesia, el tabernáculo de Dios entre los que serán su pueblo, y el mismo Dios habitado en medio de ellos será su Dios (Ap 21. 3), Jerusalén que desciende del cielo y viene de Dios: Ciudad que no necesita sol ni luna que la alumbre porque la claridad de Dios la tiene iluminada y su lumbrera es el Cordero, y a la luz de ella andarán las gentes y llevarán a ella su gloria y majestad (Ap 23).

Así como en la visión de las cosas de la tierra, nadie puede mirar ni   ver sin el medio de la luz, en el sentido de la Palabra de Dios, que a Teresa le descubre la existencia de tan excelente ciudad puesta por encima del monte, hay otra luz que se le pone como medio para ingresar en aquella realidad misteriosa: la luz del Cordero, la Cruz.

Este entendimiento de Teresa no la aleja del impacto de sus experiencias humanas, oonsiderados sus valores culturales, como absorta por una gravitación celestial de la Jerusalén de arriba, sino que la realiza en sus responsabilidades, en el sitio que ocupa en el tejido del Cuerpo de Cristo, la Iglesia de manera que Ia luz de la ciudad que baja del Apocalipsis, sirva a ella para descubrir la infinita potencia puesta por Dios a disposición del hombre y misteriosamente incluída en el tenebroso escandalo de la Cruz.

La Cruz es el capitalio de la ciudad terrena que es la Iglesia, fuente de la fuerza vital (gracia), catedra de doctrina de vida y tribuna de justícia divina y humana; pero, diciendo capitolío, fuente, cátedra, tribuna, se ponen otras imágenes o lo primero, es decir o la Cruz, la cual de su parte es otro sinónimo del Cordero de Dios.

En el Ienguaie de San Juan, el Cordero de Dios se refiere al holocausto histórico del culto cotidiano ¡udaico en el templo de Jerusalén, sólo para figurar el holocausto histórico del Hiio de Dios hecho hombre para satisfacer a la ¡usticio divina, de manera infinitamente valioso, en Ia inspiración de Teresa, no indica el patibulo del calvario, sino que significa el Crucificado vivo, es decir Resucitado que ofrece su vida divina a sus hermanos, entregándoles sus pensamientos, su voluntad, sus méritos, su misión, sus poderes.

Queriendo hacer la comparación entre la visión apocalíptico del Cordero de Dios y la inspiración eclesial de la Cruz recibida por Teresa, no hay sentidos esencialmente distintos porque ambas brotan de la gloria de Dios, la Redención de los hombres, sea en el estadio final (apocalipsis), sea en el tiempo de su devenir (vida de la Iglesia).

En una palabra, en el signo de Cruz, Teresa encuentra toda la Revelación del amor compasivo de Dios acerca del hombre, y toda la participación de éste en la obra de la Redención.

Tal fue la intuición de Teresa sobre Ia presencia de Cristo en el mundo con su Iglesia; por eso no pudo retirarse de la llamada a participar en la vida del Redentor, en su Cuerpo, mediante la Catequesis y la Liturgia.

Por consecuencia, llamarse Teresa de la Cruz, es referir su persona, no a un objeto material o instrumento de dolor y de muerte, sino a otra Persona, que sólo por ser divina, pudo vivificar a los hombres introduciéndolos como hijos adoptivos en la vida de su Padre.

En este sentido, Teresa de la Cruz, realiza la fecundidad de su vida, no a nivel de naturaleza femenina, sino vivificándose a sí misma y a los hermanos para profundizar en el misterio de la Iglesia.

Bajando a un analisis más cercano de la espiritualidad religiosa y apostólica de Teresa, no es ahora el momento de buscar el inicio del desarrollo de sus actividades catequísticas y litúrgicas en relación a la experien-

cia religiosa que iba haciendo con su hermana y otras compañeras en la asistencia pastoral de la Arquidiócesis de Lima, desde 1907 hasta su muerte.

El problema esta en el preguntarse si sus múltiples y celosas actividades brotaron de una metodología, es decir, de una reflexión práctica, convencida, experimentada y por lo tanto capaz de ser ofrecida a las otros como medio de coparticipación a la realidad de la Iglesia.

Por fortuna hay una contestación positiva, porque en 1935, el Rector de la Pontificia Universidad Católica de Lima, le pide tener clase en el Instituto Femenino de Estudios Superiores, sobre Metodología Catequística, a fin de formar sujetos que desempeñen tal misión.

Inculcándoles principios valiosos para tratar y hacer tratar las almas en contacto con Jesucristo”, Teresa aspira a formar cristianos, hombres de Cristo que estén con El, en forma estable y real.

Dice Teresa: “hay tres medios de los cuales sólo el primero pertenece Propiamente  a un curso de Universidad los otros dos rebasan sus límites. En las facultades de ciencias, según las exigencias de la especialidad, ya van las almas a los laboratorios a hacer experiencia, y a la morgue a practicar autopsias, ya se trasladan al hospital a ensoyorse en la cirugía, pasando así de la enseñanza del terreno intelectual al de la practica, hasta modificar el sistema de vida y exigir sacrificios muy reales.

 

¿Por qué pues la metodología catequística no ha de ir hasta donde conviene que vaya para lograr su obieto que es la adaptación del ser completo a la exquisita vocación que la elección divina le ha preparado? “(Cfr. La ciudadela de Dios, pp. 3 y 4).

Estos son los tres medios: preparación intelectual, participación eucarística frecuente, tendencia personal a la perfección.

Si todo cristiano debe estar listo como lo recomienda Son Pedro a dar razón de su esperanza, con cuánto mayor motivo los que deben propagado, y aplicarlo a los demás; hay que estudiar a fondo acudiendo a las fuentes mismas de la verdad: esto es el Evangelio, la

Sagrada Escritura y la Liturgia; y es lo que constituye, la materia del curso con los sistemas pedagógicos más adaptables a nuestro medio para hacer pasar la doctrina a la inteligencia y al corazón de nuestros catequizandos, hasta llevarlos a la práctica de la vida cristiana” (Cfr. Ibid, p. 4).

En cuanto a la diaria práctica eucarística, Teresa lo considera indispensable para el catequista, o meior diremos para el apóstol: “Jesús recibido con interés en el corazón, Jesús estudiado con interés, con tenacidad, con el exclusivismo del amor, con la viveza de la fe, que es más luz que vela, con la decisión de una voluntad que se ha alistado para defenderla: esta realiza la experiencia más practica de la doctrina que el catequista aprende y expone”(ibid.)

El tercer medio va a ser consecuencia lógica del anterior, no en un sentido de vocación religiosa, sino en una tendencia a la perfección que anima sinceramente a los que se entregan a formar las conciencias de los hombres en el misterio de Cristo.

Aplicando los tres medios citados como instrumento analítico de Ia espiritualidad de Teresa, no hay duda que la frecuencia divina eucarística y la tendencia a la perfección evangélica constituyen un teiido fuerte de su personalidad religiosa; lo que queda por saber es cómo y en qué establece ella su metodología en la preparación intelectual al misterio de Cristo, para sí misma y para los otros

Desde el punto pedagógico, Teresa supone la atención, la intención y la memoria del hombre sea niño, sea adulto, que quiere participar en la vida de la Iglesia. Dichos actos (atención, intención, memoria) son actos humanos (actos humanis) es decir, salen desde un principio intrínseco con la eleccióndel fin (vida de la Iglesia) o sea, brotan de una libre elección: se atiende a lo que se quiere, se va hacia lo que se quiere y se recuerda lo que se quiere.

Por lo que se refiere a Teresa, en cuanto a lo que acabamos de decir, todo resulta explicado con sencillez en la auténtica interpretación de su nombre: Teresa de la Cruz”. Este supone el influjo de la gracia que florece por la fe, la esperanza y la caridad, porque dichos actos humanos sin ayuda de la gracia nunca podrían conseguir el misterio de Cristo.

De éste analisis resulta también que el nombre, que Teresa se puso, es fruto de exótico sentimentalismo religioso, sino una definición clara y precisa de su compromiso con la lglesia, ella quiere atender a la vida de la

quiere ir hacia ella y quiere -como la Virgen- custodiar las riquezas de la vida de la Iglesia.

Teresa de la Cruz entonces por su fe, por su obediencia al Magistesterio, por su cooperación a la liturgia, por su participación a la gracia sacramental aparece persona inmersa en la vida de la Iglesia e íntimamente li-

al Sacerdocio de Cristo.

Esta experiencia alumbra baio la imagen de la Ciudadela de Dios: nosotros damos a la (lglesia) de la tierra, el nombre de Ciudadela que significa y supone posibles ataques de eiércitos enemigos, es así en realidad puesto que se trata de la Iglesia militante que no vive sinb guerra y los ciudadanos que van o la del cielo son los que en ello han peleado y han triunfado. Tres murallas la circundan; cada una de ellas tiene una puerta y cada puerta está guardada por una torre. Las puertas tienen una llave que las abre Y permiten el acceso o los tres recintos de la Ciudadela”. (Cfr. ibid, p. 8).

Abstrayendo de las imágenes que tienen semeianza con el castillo de Teresa de Avila, proseguímos en la discreción de lo realidad a lo cual mira nuestro Teresa describiendo los recintos de su Ciudadela.

La primera muralla alegoriza el misterio del hombre hecho a ¡magen y semeianza limitada de Dios con su memoria, su entendimiento y su voluntad, pero que no puede alcanzar por sus fuerzas naturales, totalmente, a Dios Verdad, Ser infinito: “muralla, pues impenetrable entre nosotros y la Verdad. El por qué de la vida, el por qué de la muerte, y del dolor, ¡místerio). loc, cit.).

La segunda muralla se refiere a la miseria humana, o sea a la naturaleza caída por el pecado: “el nivel de este recinto es más alta que el anterior; es el nivel que dan a la vida los Mandamientos de Dios y de la Iglesia”. (loc. cit.).

La tercera muralla es la verdadera vida humana que goza “de las bienaventuranzas, de los dones del Espíritu Santo y sus frutos.  .. Aqui está la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna, aquí como en Jerusalén celestial, el Cordero es el astro que ilumina toda la ciudad, pero en esta ciudadela terrestre vela su luz con la nube eucarística. Aquí está por fin el altar del sacrificio de la nueva luz, centra y cumbre del culta de adoración suprema y aplicación perenne y continuada a través de los siglos de la obra de la Redención: la Santa Misa. El que llega a escalar esta cumbre y estable-

cer en ella su morada, encontraré la libertad; el nivel de este recinto es más alto aún que el anterior y sigue elevándose hasta la cumbre que toca el cielo” (Cfr. ibid, p. 2)

El símbolo de la triple muralla no llega a expresar adecuadamente el concepto del misterio de Ia vida humana en la Iglesia, por eso Teresa descubre otras tres realidades sobrenaturales que se levantan a iluminar dicho concepto bajo la imagen de tres torres: así como Ia torre se levanta sobre la muralla para custodiarla desde arriba, así el Magisterio de la Iglesia, su Poder jurisdiccional, y el Sacerdocio de Cristo, se presentan al hombre en la Iglesia para “dar razón de su esperanza”.

Para subrayar la inmersión espiritual de Teresa en la vida de la Iglesia, se ponen otras dos reflexiones: una sobre el caracter humano divino de la actividad del Cuerpo Cristo (según la analogía: la configuración topográfica de la Ciudadela) y la otra sobre la coparticipación personal del hombre en esta experiencia cristiana.

En cuanto a la primera, Teresa conoce el misterio de la Redención a través del dinamismo sacramental de la Liturgia. Por eso, ella define la Li turgia: llave que abre la puerta del misterio de Ia v-da: primera muralla (es decir que implica el ejercicio de la fe bajo el magisterio de la Iglesia); llave que abre la puerta de la segunda muralla (es decir que alimenta Ia esperanza del hombre al cual son perdonados los pecados en el camino que la autoridad de la Iglesia le indica); llave que abre la puerta de la tercera muralla; es decir, que introduce al hombre en la caridad de Cristo Sacerdote.

En cuanto a la segunda reflexión, Teresa goza de una experiencia excelente acerca de Ia libertad del hombre, restaurada en el Cuerpo de la Iglesia. Veánse las reflexiones que sobre este asunto repetidamente ofrece a sus hermanas, como cuando habla de Ia libertad y la gracia, de la libertad y la redención, de la libertad y el purgatorio, de Ia libertad y la Eucaristía, de la libertad y la voluntad de Dios, de la libertad y la obedencia, de la libertad y la oración, etc. La liturgia, para Teresa, es la atmósfera de la libertad perfecta del hombre, o mejor dicho, el ejercicio más perfecto y más alto de la Iibertad del hombre en Cristo y por Cristo.

Regresando al curso universitario de Teresa, sobre su formación intelectual, o sea sobre sus impostaciones metodológicas, aquí están los elementos para criticarla: su método mira únicamente a garantizar la libertad del hombre frente a su Redención. Esta garantía se actúa en doble nivel: intelectivo y operativo. Como garantía intelectual, Teresa subraya la necesidad de vincularse al Magisterio de la Iglesia, aceptando desde lo íntimo de su juicio las verdades reveladas (Credo). Esta sumisión dinamiza el ejercicio de la fe.

Como garantía operativa, Teresa subraya la cooperación de su libertad determinada a compartir el Sacerdocio de Cristo.

En esta luz se ve la recíproca situación de la Liturgia y de la Catequesis en la mentalidad de Teresa. Catequesis, para ella es, ser y vivir en sintonía con el Magisterio de la Iglesia para disponerse como instrumento libre al Sacerdocio de Cristo en comunión jerárquica con la lglesia. Liturgia, es el ejercicio del Sacerdocio de Cristo en comunión jerárquica con la Iglesia.

El Credo, que en el curso sobre la “Ciudadela de Dios” ocupa la parte prevaleciente, no es un resumen teórico de verdades reveladas, sino el objeto universal al cual tienden la libertad y la inteligencia del hombre ayudado por la gracia (Creo en…) para ingresar en la cooperación sacramental de Cristo Sacerdote.

Descubriendo la recíproca relación de la actividad sacramental de la Liturgia con la libertad del hombre, dispuesto a cooperar en ella mediante su libre aceptación de las verdades propuestas por el Magisterio de la Iglesia, Teresa, hija de la Iglesia nombrándose “de la Cruz”, define, presenta, y profesa Ia entrega total de su vida a la experiencia del misterio de Cristo.