El celo apostólico es a veces peligroso, pueden intervenir muchos móviles humanos, puede meterse la ambición personal.
Tenemos dos grandes dones: el don inmenso del tiempo y el don sublime de la palabra; podemos juzgar de éstos por su riqueza: ¡todo el bien y todo el daño que por ellos se puede hacer! Con el don divino de la palabra hemos enseñado el catecismo, el camino del cielo a un ejército de criaturitas.
Salvar cuantas almas se pueda con nuestros esfuerzos, sobre todo con los sacrificios que no faltan; pero hay que ofrecerlos bien hechos y bien completos.
Podemos ir en espíritu a los campos de batalla y extender nuestra acción en el mundo entero, pero con mucha vida interior y unión con Dios, con mucho amor a nuestro Señor.
Primero la vida interior, sin vida interior no hay virtud y sin virtud no hay apostolado que valga.