La cruz de nuestro Señor es buena y amable.
Es buena la cruz, pero no la que yo escoja, sino la que Dios quiere para mí.
Hay que vivir traduciendo el idioma de la cruz todo el día.
A la vida de gracia sólo se entra por la cruz.
Tenemos que amar la cruz, como el obrero ama su trabajo que le procura su alimento.