Procure olvidarse de sí misma por pensar en nuestro Señor y en los intereses de su gloria y cuando le asalte la punzada del amor propio o la sensibilidad herida, diga mirando en su mente al Señor crucificado, esta jaculatoria: « ¡Señor, qué importo yo, sólo Tú eres! ».
¡Qué pequeño se siente uno mismo cuando desde las alturas de una conciencia serena y pura, contempla las miserias de su propio corazón!
Se hará digna del honor de los altares cuando: en su humildad haya llegado hasta el amor a los desaires y desprecios, el olvido de su persona, la duda de sus opiniones y el optimismo de los dichos y hechos ajenos.
La humildad es mi única grandeza, y mi orgullo mi única pequeñez.
Para llegar a amar a Dios sobre todas las cosas es preciso entrar por la puerta de la humildad.