Soy libre cuando en cada criatura veo un instrumento que pueda servirme para ir a Dios.
No está bien creer todo lo que se oye; tampoco está bien no tomar en cuenta lo escuchado.
Cuando Dios llegue a ser lo “único necesario” para mí, entonces seré libre.
Cuando la libertad de espíritu ha establecido el orden en mi interior, viene la paz. Es la paz que Jesucristo llama “su paz” y que es infinitamente diferente de la que da el mundo.
El alma libre no deja de experimentar sus sensaciones contrarias, sus movimientos de mal humor, pero lo importante es que no se deja dominar por ello.