La santidad de un miembro de la Congregación hace bien a toda la comunidad. Sobre todas cae ese brillo.
Quien se contenta con lo indispensable no llega jamás a la santidad.
Cuando no me resuelvo a dejar mi voluntad propia en un acto cualquiera, renuncio a santificarme.
Si el alma rechaza, se queja o se desespera, la acción de Dios se estanca.
Lo único y lo mejor que podamos ambicionar en esta vida: es la santificación de nuestras almas y de nuestras hermanas.