En el trabajo de nuestra santificación, una parte nos corresponde a nosotros y otra a Dios. Si somos fieles en lo poco, nuestro Señor hará sentir su acción en nuestra alma.
La puerta de la vida sobrenatural, de la santidad, es la piedad pasiva, es decir, la aceptación de lo que Dios hace en mí sin mí.
El Espíritu Santo es el gran artista. Hay que examinar una florecita ¡qué completa!… una mariposita ¡que dibujos tan perfectos en sus alas!…. y nosotras estamos llamadas a ser perfectas si dejamos que el Espíritu Santo trabaje en nosotras.
Dios quiere que yo sea santa, no sólo para su gloria sino también para mi felicidad.
La santidad la da Dios como premio al alma que ha trabajado fielmente por conseguir su perfección.