La Santísima Virgen es la Madre de Jesús en nuestra alma, Ella forma a Jesús en nuestra alma. Porque la vida de la gracia en nuestra alma es como una encarnación perpetua.
Cuántas razones hubiera tenido la Virgen para hablar… Yo creo que ningún teólogo, ningún doctor hubiera dejado de decirle «habla»… y Ella supo más que todos… y calló… ¡sublimísimo!
Se acostumbrarán todas a invocar a María con una confianza filial a buscar en Ella el consuelo y el sostén en sus penas íntimas y en las agitaciones del corazón.
Los querubines al ver en María un nuevo astro más cercano del Sol que ellos, se dicen: ¿quién es esta nube del desierto inundada de delicias?; y al mirada reciben de Ella nuevas luces y penetración más honda en los abismos de la claridad en que se anegan.