A quien mucho se le perdona, mucho amor muestra

Hay quienes dicen que no tienen nada que cambiar o de qué arrepentirse, o nada de qué confesarse, porque “soy bueno y no le hago daño a nadie”. Pensando así llevan una vida sin comprometerse mucho con el Señor o con Su Iglesia: no hay por qué ser tan fanáticos, dicen y aconsejan a quien muestra mucho compromiso con el Señor. Piensan que hacen lo suficiente cuando cumplen con algunos actos piadosos, llevando la vida cristiana a su manera, rezando algunas oraciones de vez en cuando, yendo a Misa dominical sólo si no los vence la pereza, la fatiga o se cruzan otras obligaciones más importantes. Quien se conforma con decir que “basta con no hacer mal a nadie” y no hace más, ¿muestra mucho o poco amor al Señor?.

¿Cuántas veces nosotros mismos prescindimos de Dios en la vida cotidiana, viviendo como si Dios no existiera, como si Jesucristo no hubiera muerto y resucitado por nosotros? ¿Cuántas veces decimos creer pero nos damos con la realidad de que nuestros pensamientos, sentimientos o actos no siempre reflejan el amor que proclamamos tener al Señor? ¿Cuántas veces cerramos el corazón a las necesidades de los demás, nos negamos a perdonar a quien nos ofende, maltratamos a nuestros semejantes por nuestra impaciencia o ira descontrolada, nos dejamos arrastrar por las pasiones mundanas? ¿Cuántas veces olvidamos que en medio de las tinieblas de este mundo no basta que no hagamos daño a nadie, sino que es necesario que en nombre de Cristo hagamos el bien a cuantos podamos, que brillemos como «antorchas radiantes en medio de las tinieblas de esta generación perversa» (Ver Flp 2,15), que anunciemos el Evangelio de Jesucristo con coraje, de palabra y con el testimonio de una vida cristiana coherente?.

Quien humildemente acude al Señor y encuentra en Él el perdón de sus muchos pecados, también de los más graves y vergonzosos, experimenta encenderse en su corazón un amor que lo mueve a asumir una vida cristiana comprometida. Quien se ha encontrado con el amor del Señor no puede conformarse con ser bueno: experimenta que tiene que ser más, que tiene que ser santo, ser santa, que tiene que crecer en amor hasta poder decir con San Pablo: «soy yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

Medios Concretos

Se dice con razón que uno de los mayores males de nuestro tiempo es la pérdida de la conciencia de pecado. Quien piensa que no tiene pecados que necesiten ser perdonados, tiene ante Jesús la misma actitud endurecida de Simón: no se deja tocar interiormente por Él, no le abre las puertas de su corazón, no lo acoge como su Reconciliador. Quien en cambio toma conciencia de sus pecados y se arrepiente de ellos, encuentra en el amor del Señor el perdón, la posibilidad de empezar de nuevo y de llevar una vida plena de la presencia y del amor de Cristo (Ver Gal 2,20). No dejes de realizar frecuentemente el ejercicio del examen de conciencia que ayuda a tomar conciencia de nuestros pecados, dolernos de ellos, pedir perdón a Dios y poner los medios apropiados para evitar volver a cometerlos (Ver Jn 8,11).

«Tus pecados quedan perdonados», le dijo el Señor a la mujer arrepentida. «Tus pecados quedan perdonados», te dice el Señor también a ti cada vez que te acercas al sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación. ¡Qué inmenso regalo nos ha dejado el Señor! Sí, también tú tienes hoy la posibilidad de encontrarte con la inmensa misericordia y amor del Señor que te acoge, que te escucha, que te perdona diciéndote: «Yo te absuelvo de tus pecados», «¡tus pecados quedan perdonados!» No dejes de acudir humilde y penitente al Señor en la confesión sacramental, toda vez que cargado por tus pecados tengas necesidad de su perdón. Y si te confiesas con frecuencia —cosa muy recomendable a quien aspira a la santidad—, no permitas que este momento de encuentro con el amor del Señor se convierta jamás en un acto de rutina.
¡Seamos Santos!

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