Caridad

Si tenemos por raíz el amor a Dios, nuestro amor al prójimo es perfecto.

Debemos pedirle a Jesús su corazón por la mañana para sentir con Él, para amar con ÉL, para mirar la vida como Ella mira, para mirar a nuestro prójimo con su propio corazón.

La satisfacción de un impulso cualquiera, pequeñas iras o rencores, son expresión del amor propio, que es lo más contrario al amor de Dios, y me lleva a la trasgresión, grave o leve, de un precepto divino que es la caridad.

La perfección de la caridad es la santidad.

Cuando entregamos nuestro corazón al amor de Dios y a la caridad le damos entrada a lo infinito.

El camino de la virtud bien seguido, sin desviarse de la caridad y de la mansedumbre, es muy bello y hace la vida feliz.

La paciencia y la caridad se tienen que ejercitar con mansedumbre. Será feliz y santa si persevera en ella.

El cielo es asunto de amor, por eso las faltas de caridad son lo más contrario a nuestro Señor; tendremos que adquirir en el purgatorio lo que nos falta aquí en la caridad.

¿Qué tienen de malo los amores humanos? Tienen de malo lo que tienen de exclusivo. No hay exclusiones en el corazón de Jesús. Así que lo que tenemos que evitar en nuestro amor es la exclusividad. Es decir que nuestro amor debe extenderse a todos. Esa es la amplitud de la caridad.

Que la amplitud y la serenidad de espíritu no se turbe ni se desequilibre por un asterisco de menos o un asterisco de más… disculpemos los errores ajenos y tratemos de disimularlos lo mejor posible, para no turbar la armonía del canto ni de los corazones.

El mal del prójimo es el mal mío. Una ofensa al prójimo, mi hermano, lo siento porque tengo en mí a Jesús, y Él lo siente.

La caridad es sencilla y suave, es como una madre de familia que se preocupa de que sus hijos sean buenos.