Humildad

Dios en el lugar preferente y yo relegada en todo al segundo lugar. Cuando alguien me relega, es Dios quien me relega, porque tengo que ver a Dios en mi prójimo.

Seamos como “nadas vivientes”… vamos como sombras para llevar la luz de Dios a las almas.

Para llegar a amar a Dios sobre todas las cosas es preciso entrar por la puerta de la humildad.

La humildad es mi única grandeza, y mi orgullo mi única pequeñez.

Se hará digna del honor de los altares cuando: en su humildad haya llegado hasta el amor a los desaires y desprecios, el olvido de su persona, la duda de sus opiniones y el optimismo de los dichos y hechos ajenos.

¡Qué pequeño se siente uno mismo cuando desde las alturas de una conciencia serena y pura, contempla las miserias de su propio corazón!.

Procure olvidarse de sí misma por pensar en nuestro Señor y en los intereses de su gloria y cuando le asalte la punzada del amor propio o la sensibilidad herida, diga mirando en su mente al Señor crucificado, esta jaculatoria: «¡Señor, qué importo yo, sólo Tú eres!».

Quisiera encontrar una escopetita para matar al «yo», y me parece que he encontrado tres: rincón, silencio y olvido. No que yo me olvide de las cosas, sino que todos se olviden de mí, y eso abrazarlo con gusto y no huir.

Si me humillan, yo me humillo más y si es muy alta la ola que se levanta en mi corazón y no puedo saltarla, paso por debajo. Si el arma que el demonio habría empleado para atacarnos la empleamos para ir a Dios, y si hacemos escalera de lo que él ponía como el obstáculo, hemos triunfado.

La humildad es muy necesaria. Cuando veamos que alguna cae en algo, digamos: estoy expuesta a caer en lo mismo, tengamos el santo temor de Dios.

Tengo gusto de sufrir o mejor dicho de recibir alguna humillación de parte de las criaturas que quizás me valga una mirada compasiva de los ojos divinos.

El mejor camino para la humildad es el fracaso humano, es más seguro para esta vida. Yo le tengo miedo al éxito.