Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz

(Abril de 1911)



«Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

Ante la creación enmudecida

y el aplauso de un pueblo sanguinario

muestra a los siglos la ciudad deicida:

la escena inenarrable del Calvario.


Entre gritos e impías maldiciones,

de tres clavos pendiente en un madero,

y agonizando entre los dos ladrones,

está Cristo el mansísimo Cordero.


Que hoy eleva el dolor a la realeza

llevando una corona hecha de espino,

que hoy de la humillación hace grandeza,

de la venganza hace perdón divino.


Pues por los que en herirle se complacen

intercediendo, y por el pueblo impío,

con dulce voz. «no saben lo que se hacen»

«perdónalos» exclama, «Padre mío».


«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»


Insólita tiniebla cubre el cielo,

y va la noche en el cenit triunfante,

a revestir la creación de duelo

porque está su Señor agonizante.

Y de que le hagan cómplice se queja

de esa maldad sin límite y sin nombre,

y en su protesta abandonado deja

frente a su crimen solitario al hombre.


Venga el anacoreta del desierto

y la virgen en claustros escondida,

los que viviendo aún de amor han muerto

por el Dios que murió por darles vida.


Y cuenten si en sus místicos calvarios,

y en la mística cruz de su agonía,

tal vez sus corazones solitarios

algo supieron de esa noche umbría.


Noche del sol, paréntesis del Verbo,

horror de los horrores del pecado

que arranca de Jesús el grito acerbo,

«¿Por qué Dios mío, me has abandonado?»


«Sed tengo»


A los pies de la cruz sangrienta vengo

donde la vida de Jesús declina,

y oigo que dice en su dolor «Sed tengo»

quién pudiera calmarte, ¡oh sed divina!


Y tiene sed porque amoroso mana,

por cinco llagas cárdeno torrente

en que quiere arrastrar la raza humana

y remontar con ella hasta su fuente.


Tiene sed quien sentado al pie de un pozo

en hora memorable y decisiva,

a la Samaritana inundó en gozo

al abrirle la fuente de agua viva.


Sed de almas sufre su alma sacrosanta,

de almas que lejos de la Cruz ha visto.

¡Quién pudiera llevarlas a su planta!

¡Quién pudiera ca1marte, oh sed de Cristo!


«Todo está consumado»


Mas venciendo a la noche y sus enojos,

y del dolor en las profundas simas,

surge una luz de los divinos ojos

a despertar el corazón de Dimas.


Rayo divino que al ladrón convierte

y en gloria tal le torna su castigo,

que el mismo Dios le dice ante la muerte:

«Al Paraíso hoy entrarás conmigo».


«Mujer he ahí a tu Hijo. Hijo, he ahí a tu madre»


María está ante el leño enrojecido

con su dolor que otro ninguno iguala,

está Juan el discípulo querido,

y está la pecadora de Magdala.


Grupo sublime de inmortal memoria,

núcleo de amor, pureza y heroísmo,

página la más bella de la Historia

síntesis del futuro cristianismo.


Juan es el sacerdocio, es la azucena,

que engendrará Jesús en su agonía,

pasión divinizada es Magdalena,

la pureza hecha Madre, esa es María.


Maternidad que en su dolor prolijo

asocia Cristo a la obra de su Padre

al decide: «Mujer he ahí a tu hijo»

y volviéndose a Juan: «He ahí a tu Madre».


«¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!»


Cima escondida al entender finito

la más audaz a que el dolor se encumbra,

de donde parte ese angustioso grito

que vela aún más la teologal penumbra.


Aquí está la visión de los videntes,

y la realización de las figuras,

rayos de luz que de divinas fuentes,

iluminaron épocas futuras.


Aquí está la ley nueva no grabada

en dos tablas de piedra cual la antigua,

sino en la Cruz con sangre inmaculada,

ley del amor, la sangre lo atestigua.


Ved aquí la promesa ya cumplida,

que cual un río del Edén se lanza

fecundizando de Israel la vida

con su riego divino de esperanza.


Ved cual vence a la muerte con su Muerte

y a la serpiente que encarnó el pecado,

el encarnado amor que casi inerte,

«Todo» dice en la Cruz, «se ha consumado».


«Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu»


Antes que Adán y que el Edén perdido,

que el ángel mismo y cuanto Dios hiciera

que el primer germen y el primer latido,

el que está aquí en la Cruz y Él solo era!


Y cuando consumados ya los siglos

hayan vuelto a los senos de la nada

de la culpa y la muerte los vestigios,

Él aún vivirá vida increada.


Porque de Dios salió y a Dios retorna

fecundizando el campo de la muerte,

rayo de sol cuyo contacto exhorna

las mismas sombras que la noche vierte.


Ven pues, ¡oh muerte! en loco desvarío

a herir al que es resurrección muriendo,

y abre el Cielo diciendo: «Padre mío,

en tus manos mi espíritu encomiendo».


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Venga la humanidad venga en legiones,

de todos los confines de la tierra,

de todas las edades y naciones

ante el gran vencedor de la gran guerra.


Venga Roma en sus carros de victoria

que arrastraran mil reyes prisioneros,

venga a inclinar la aureola de su gloria

y a deponer ante la cruz sus fueros.


Y de su antiguo Olimpo fabuloso

las deidades ante Él diciendo acudan,

«Salve César de Césares glorioso»

«los que van a morir hoy te saludan».


Y el genio de la Grecia que soñara

un ideal ignoto de belleza,

un templo levantándole y un ara,

de la pura razón noble proeza.


Venga y rompa la vieja ligadura

que entre formas de mármol le ha oprimido

confinándole sólo a la natura,

venga y conozca al Dios desconocido.


Deja caer su Parthenón en ruina

y vuelve aquí a la cumbre del Calvario

a levantar a la beldad divina

el verdadero y único santuario.


Venga también el bárbaro desborde

de las hordas de bosques seculares,

y junto al árbol de la Cruz aborde

y a su sombra cobije sus hogares.


Pero ¡’ay de ti, Jerusalén ingrata!

pues hoy tu honor con tu esperanza muere,

darle en cambio de amor odio que mata

a quien mucho te amó mucho le hiere!


Caerá tu templo y crecerá la hiedra,

sobre las ruinas de tu gloria de antes

no quedará en ti piedra sobre piedra,

e irán tus hijos por el mundo errantes.


Y vendrán del Oriente y del Ocaso

de otro pueblo escogido, las legiones

y se abrirán los mares a su paso

y el maná saciará sus corazones.


Y llegará hasta Sión por un sendero

en que el dolor no es árbol infecundo

y en la tierra será como extranjero

pues su Reino, no es reino de este mundo.