MEDITACIÓN «El corazón abierto de Jesús»


Contemplar el Corazón de Jesús, es contemplar el amor de Dios por nosotros los hombres de toda raza, condición social, lengua, religión, Etc. Un corazón en el que entramos todos sin ninguna excepción. Jesús continuamente nos invita a acercarnos a Él, que es “manso y humilde de corazón” para que aprendamos de Él. Los homenajes que dedicamos al Sagrado Corazón de Jesús, especialmente en este mes, va más allá de una devoción exterior. Celebrarlo es ir a la escuela de su corazón y aprender de Él su amor y estilo de amar. Jesucristo, mostrándonos su corazón, nos muestra y enseña su especial sensibilidad por el ser humano, por nosotros carga con el peso de nuestros pecados, por nosotros padece, muere, resucita, nos da su Espíritu Santo y establece la Iglesia.

Nuestra Madre Teresa de la Cruz, en una de sus escritos nos dice: “El corazón de nuestro Señor es ultra sensible, es un corazón hecho para amar y recibir amor de todos los corazones y en todos los tiempos”, estas palabras de nuestra Madre ponen de manifiesto la compasión de Jesús, que atraviesa los espacios y los siglos, por eso habla y cobija al hombre y la mujer de hoy como lo ha hecho ayer y lo hará mañana. El discípulo de Cristo porque entra en su corazón, en la escuela del corazón de Cristo aprende a ser sensible a las necesidades de los demás, no en vano nos recomienda Madre Teresa de la Cruz: “Debemos pedirle a Jesús su Corazón por la mañana, para sentir con Él, para mirar la vida y la muerte como Él las mira… para amar a nuestro
prójimo con su propio Corazón…” (Ascética 1, 186).

Al contemplar el corazón abierto de Jesús, aprendemos lo que significa la apertura, la transparencia, el ir al encuentro del otro. Contemplándole reflexionamos en la inmensidad de la misericordia de Dios hacía el hombre, pero también en la misericordia del hombre hacía el hombre por amor a Dios. Esto, hoy se torna más exigente aún por la situación que atraviesa nuestro mundo, nuestro país, nuestro vecino, nuestro próximo. La pandemia, de pronto movió nuestros pisos firmes, nuestro habitual proceder… de pronto todos nos hemos visto limitados, frágiles, e incluso algunos, ante la situación que le toca afrontar tan desconcertante, piensa que Dios ya no nos quiere, que no tenemos perdón por lo que hemos hecho, que Dios nos ha olvidado, o simplemente: Dios no existe.

Entonces, es cuando nuestra labor de discípulos misioneros se hace más urgente, aunque no tengamos los medios habituales. Es nuestra tarea anunciar a tiempo y destiempo que Cristo muere por todos, sin ninguna excepción, y desde la cruz, desde el aparente silencio o lejanía, deja que la lanza del incrédulo, del que perdió la esperanza le abra su corazón, deja e invita al hombre dolido, a contemplar su rostro, su corazón traspasado y abierto, que desde la altura de su santidad, de su misericordia “se precipita en la bajeza de lo que es muerte, para hacerlo vida; de lo que es dolor, para hacerlo gozo; de lo que es niebla, para hacerlo luz; de lo que es inmundo, para hacerlo puro; de lo que es vil, para hacerlo noble; de lo que es mezquino, para hacerlo magnánimo; de lo que es vacío, para hacerlo plenitud.” (Teresa de la Cruz, Cartas a Rosita)

En medio de esta pandemia que estamos viviendo volvamos la mirada al corazón traspasado de Jesús, entremos en su escuela de amor para que sensibilice nuestro corazón hacia las necesidades del otro, partamos preguntándonos ¿Cómo tengo mi corazón? ¿Cómo está?, ¿Estoy entrando en la escuela de su corazón, me estoy dejando formar por el amor del divino Maestro, en algo se asemeja mi corazón al amor de corazón abierto de Jesús?… y si no es así, digámosle con fe: Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.