Poema a la Muerte

(Junio de 1904)


¡Oh de las sombras reina tenebrosa!

¡Oh pérfida adversaria de la vida!

¿De qué saña implacable y misteriosa

tu guadaña se encuentra poseída?


¿Te ofende acaso la virtud ajena?

¿Placer te brindan el dolor y el llanto?

¿y los gemidos que arrancó la pena

son para ti cual armonioso canto?


Tú soplas en los mares la tormenta,

tú en la guerra diriges la metralla

y es tu hálito mortífero el que alienta

y sostiene el furor de la batalla.


Eres cual huracán que el manso río

de las generaciones arrebata

y hacia un abismo pavoroso y frío

precipita en horrenda catarata.


¡Ah, soberbia y con desdén triunfante

miras los seres que tu saña inmola,

sopla, si quieres, tu hálito pujante

envuelve al mundo en gigantesca ola!


Que no es la vida lo que tú nos quitas,

tu frenética rabia no lo advierte,

y a vivir otra vida nos incitas

cuando nos hiere tu mentida muerte.


Que es la materia que ante ti se inclina

del ser, tan sólo, diáfana hojarasca,

que en su furor arrasa y extermina

como a las hojas secas la borrasca.


Débil cadena, mísera envoltura,

y el cataclismo tú, que la estremece,

y que derriba esa prisión oscura

donde de amor el alma languidece.


Donde del Bien, de

la Verdad que ansía

y que constante y con desvelo acecha

ve en su prisión, cual de la luz del día,

tan sólo un rayo por ventana estrecha.


Oh cuán feliz verá rasgarse el velo

el alma libre que hacia Dios se lanza,

dejando atrás en su atrevido vuelo

la región de la Fe y de la esperanza.

Pues no a la ley encadenada llora

que Dios impone a la materia inerte,

volará libre donde el Bien que adora

porque ya tú la libertaste ¡oh Muerte!